Cada vez somos más los que estuvimos presentes aquella noche. Nadie quiso perderse la velada, nadie quiere creer que no fue testigo del momento. Y el transcurso del tiempo se encargó de desfigurar más y más el rostro de la víctima que cayó derrotada en aquél Luna repleto. Porque a Nicolino lo vimos pelear todos, desde los que no tenían lugar en las tribunas hasta los que aún no habían nacido. El Intocable en esa ocasión tampoco defraudó, y esquivó guantes a montones con su inequívoca flexibilidad. Y respondió con esos rápidos golpes cortos, izquierda, izquierda, derecha, que en la suma provocaron otra vez una montaña de dolor. Nicolino esa vez también retuvo su título mundial, y todos estuvimos allí. Delirando como público futbolero en un deporte que no estaba acostumbrado a tal. Público que ahora, gracias a él, incluía mujeres que se acercaban a pesar de ser una actividad tan cuestionada. Un público que ignoraba que minutos antes de subir al ring, entre tanta algarabía, él estaba recostado en el vestuario, sobre su camilla durmiendo. Y al que minutos después, en medio de algún round cualquiera, él le regalaría saludos, guiños y sonrisas. Nicolino fue cuestionado, cuándo no, por bailar y defenderse tan bien arriba del escenario. Nicolino murió temprano, a los 66 años, quizás por muchos olvidado. Nicolino pisó firme y estampó su huella de gigante entre los pequeños welter junior del mundo cuadrilátero.
Nicolino Locche Campeón del Mundo en Japón, 1968. Ahí también estuvimos todos...
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